sábado, 16 de marzo de 2013

Como un sueño


Acercándose a la luz brillante. Quien diría que lo que se dice ya está dicho y lo que no está por decirse: uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras. Llegando al mismo punto pero dándole otra vuelta de tuerca, el secreto está en la mira, hacia donde uno apunta y qué tan calibrado esta. Basta con creer en lo increíble para creerse creíble y explotar. Es entonces cuando estalla la cabeza, los huesos, los oídos; pero por sobre todo, la cabeza. Me sumerjo en diamantes  y nado todos los estilos que mi imaginación me permita.  De a poco me voy haciendo impermeable al dolor y permeable al perfume azul que genera  sonrisas, que transporta imágenes  Ahora de repente es una colina verde, y un árbol de hojas amarillas que espera en la cima. Lo camino por alrededor y miro todo desde lo alto. Estoy flotando y nada me detiene. Nada más cómodo excepto quizás el reposo de un banco de madera que le hace compañía al árbol. Se pasan los días charlando hasta que un visitante como en este caso, interrumpe desapercibidamente.  Es otra mística la que se genera, es la propia del lugar. No voy a esperar hasta otoño para ver las hojas caer, o a septiembre para que todo florezca. Uso mi mente y todo se genera. Crece y decrece, pero nunca muere. Acostado sobre el pasto. El cuerpo y la piel sienten la suavidad de la hierba, la mente se desvela con el cielo. Aquel cielo turquesa que se peina de nubes pasajeras: claras cuando quiero que sean claras y grises cuando quiero que sean grises. Una cara se dibuja en la toma, así de la nada. Sonríe, alegre, mostrando los dientes. Es hermosa. Apareció de la nada y lleva un vestido verde. Nos sentamos en el banco. Una manzana cae de la copa. La tomo, friego, ofrezco un mordisco. Ella es suave como la fruta. El roce de su mano me transmite un calor que me conmueve. ¡Mierda! Parece un sueño. Reímos, pero nunca se sabe por qué. Caemos, rodamos, nos agitamos. El día pasa pero no se nota, el sol siempre está igual. 

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